La excelencia de la exigencia

28.05.2017

   "Cada cosa en su sitio. Cada cosa en su lugar. Ni un milímetro más. Ni uno menos. No está mal, pero no está perfecto. Esto no sé cómo se hace... vamos al lío (más horas a mis espaldas). Me he llevado toda la mañana con una sola cosa y tengo una larga lista interminable. Agobio. No me va a dar tiempo, algo he hecho mal, tenía que haber hecho esto de otra manera"

   Es agotador. A veces asfixia. Por suerte, otras veces te cruzas con alguien que te recuerda lo lejos que vas a llegar o simplemente lo que ya eres. Aguanta. Aguanta con ganas, porque sin ellas nada tendría sentido.

   Sé fuerte, no hagas caso a las quejas, ni a los suspiros, ni a los insomnios. Ese continuo y sobrecogedor hueco de aire que se forma en el estómago será tu miedo más grande. Miedo a no dar la talla. Mezclado con un poco de ansiedad, es el cóctel perfecto para tu día a día. Deja los prejuicios, los malasangre y las flechas sin diana.

  ¿De qué hablo? Hablo de esas criaturitas del señor que deambulamos por el mundo siendo exigentes hasta desgastar. Somos capaces de sacar lo mejor nosotros mismos y también de los que nos rodean, pero a veces el precio es alto a pagar. Ser muy exigente tiene sus contras. Incluso puede que te cueste alguna amistad que otra y más de un disgusto. Sólo habrá unos cuantos que comprendan estas líneas y se sientan identificados.

   No nos basta con algo medio bien hecho, tiene que ser lo mejor, y si no, parece que todo el trabajo que hemos llevado a cabo no tiene ningún valor. Nos empeñamos en minar nuestra moral recurriendo a nuestros propios prejuicios y siendo víctimas cómplices del qué dirán.

   La exigencia no tiene fin. Es una cualidad insaciable. Viciosa. Cuanto mejores somos mejores queremos ser. Nos cuesta mantener la mente en blanco porque sinceramente, tenemos un checklist incrustado en el cerebro que no se va de vacaciones. Nuestro sentido de la responsabilidad es tan obvio... Parece que se acabará el mundo si algo no sale como hemos planeado y sobre todo si obtenemos una mala crítica sin anestesia.

   Muchas veces nos sentimos frustrados y estresados, por no decir todos los días, aunque sea para abrir una lata de atún. Es muy divertido ver como tú sólo eres capaz de ofuscarte contigo mismo cuando, por ejemplo, no consigues cocinar una receta igual de bien que las otras veces.

   Evidentemente es complicado mantener un alto nivel de exigencia todos los días a todas horas.

   ¿Y qué hacemos cuando no podemos más? Creo que lo que realmente nos calma es llorar. Llorar nos renueva. Desahoga. Nos da la oportunidad de pensar dos veces lo que hemos dicho y buscar una solución. Los berrinches suelen ser habituales, y no duran más de diez minutos pero, ¿y lo bien que te quedas después?. Exacto. Pareces otro, lo ves todo claro y con el corazón latiendo sin arritmias aceleradas.

   Tranquilos también tiene su gran lado bueno. No sé a vosotros, "los exigentes", pero a mí me gusta serlo. La exigencia es un don excelente. Creo que inconscientemente ayudamos a muchas personas que, además, se inspiran en nosotros, en nuestra constancia y en nuestro esfuerzo. Exprimimos el tiempo y las ganas. Encontramos siempre una motivación por la que seguir adelante, aunque a veces somos algo cabezotas.


   Así que señores, debemos aprender a tolerar más, a delegar más, a ser más humanos. Que no todo es hacer cada momento perfecto, cada día perfecto y cada lugar el mejor del universo. "Compartir es vivir" y lo que importa es con quién estemos en esos momentos, días y lugares. Que si hoy no es tu día, mañana lo será y que si esa persona no era la adecuada ten por seguro que habrá otra esperándote. Tú preocúpate de soñar. Preocúpate de saber quién eres y hacia donde vas. Conócete. Aprende a exigirte sin dañar y a quererte de más, porque los menos son para los cobardes.

ANA OTÓN

Cree. Crea.

PD: gracias a todos ellos por hacerme ser quien soy. Aunque no ha sido un camino fácil estoy orgullosa de ser como soy.