De La Antilla al cielo

27.12.2018

Cómo es la vida, que a veces nos da de lleno y otras nos da ese tiempo que nunca nos paramos a tener. Este verano, como todos desde que nací, pude ir a La Antilla durante las vacaciones. Decidí pararme a tener tiempo y estar más con mi abuela. Creo que ha sido el año que más he disfrutado de ella siendo consciente. Esta vez al menos he podido despedirme. Su enfermedad ha respetado los tres meses de playa, parece que ha esperado para llevársela. Una estrella más brilla en el cielo.

Puede que no sea la mejor playa del mundo pero, los recuerdos más felices que tengo los encierra ese mar. Seguramente porque era la única época del año en la que la familia se reunía sin falta. Y con familia no me refiero sólo a la de sangre, también a los amigos y, por supuesto, a los que bajan a la playa a las 12 para ir haciendo piña y tienen cita obligada en el Leiva para tomarse una ronda cuando aprieta el calor.

Mientras estábamos juntas sentadas en las sillas y metiendo los pies en la arena, escribí estas líneas. Va por todos vosotros.

"Buenos días nos dé Dios". Vaivenes de chiringuito. Sardinas con cervecita a precio de cliente fiel, de los de toda la vida. Toda la vida es lo que llevo yo aquí. Quizá por eso el mar me gusta tanto.

Ellas. Las señoras de La Antilla. Siempre reunidas al bajar las tablas, a la derecha. Las doñas. Las dueñas. Las reinas. Cada una tiene su papel en el grupo. Nada más llegar a la playa, juntan sus sombrillas y ven la vida pasar. No he visto grupo más entretenido. No por su edad tienen menos ajetreos, siempre traen algo entre manos. Entre las misas, los desayunos en Los Ángeles, el mercadillo, las cenitas por la Calle Castilla y las noches de las perseidas tienen el trimestre hecho. Saben pasárselo como nadie. Ríen bien alto y disfrutan sin mirar atrás. La Antilla es ese lugar hace que el tiempo no pase.

Hay un señor mayor de cuerpo peludo y bañador peculiar, que también forma parte de este momento. Igual que el pelo rojo de Madi, que todos buscamos cuando bajamos para ubicar el grupo entre tanta gente. Su risa es contagiosa y su voz pura dulzura a juego con su sombra de ojos verde.

Joaquina: la Tita del pueblo. Alegre y enérgica, con ganas de pasárselo bien. Con el chorizo y el salchichón de Almendralejo bajo el brazo lo pasa por debajo de la mesa para que nadie pase hambre.

Loli con sus andares elegantes, siempre coqueta, que no os engañe no se pierde una tampoco. Con ella también comparto recuerdos en la caseta de la feria, la que más baila de todo el Real: señores vayan a verla.

Carmina y Maribel, las hermanas con un humor envidiable. La primera con algún que otro bañador a juego con el de mi abuela. Y la segunda con su silla amarilla de agujeritos, siempre acompañada de Pedro.

Felisa, la más alta de todas, conquista por su gran amabilidad y su sonrisa de oreja a oreja. 

Todas y cada una de ellas tienen un gran corazón y, desde que tengo memoria siempre están allí.

Si hay un vaso de Cruzcampo por la casa queda inaugurado el verano, "Como en La Antilla en ningún sitio", y así hasta hacerse con una colección que guarda en el mueble del salón a buen recaudo. Meterse el pan en el bolso es obligatorio. Di que sí abuela. Ya es tradición familiar. Que ya está pagado y nos sirve para el desayuno.

Nunca falta el: "Vente al mercadillo Ana, que yo te compro alguna cosita. Qué poco te gusta hija, tu hermana se compró el otro día dos bikinis y un vestidito muy mono. Si no yo te doy el dinerito y tú te compras lo que quieras".

Y un: "Nosotras nos vamos a la playa por la noche a ver las estrellas que hoy es el día de las perseidas". No será porque os lo pasáis de miedo con el tapeo nocturno playero. Todos sabemos que las estrellas son lo de menos, la compañía lo de-más.

El pollo, la tortilla y los huevos rellenos forman parte del menú de bienvenida. "Échate un poquito más de pollo, que está muy bueno." "Venga, quién se come el último. Eso no lo vayáis a dejar ahí."

Ojalá tuviera tu energía, tus ganas de vivir y de "si estoy bien por qué voy a quedarme en casa" o de "hasta que el médico no me quite la cerveza yo me las seguiré tomando". No he podido tener mejor escuela. De mayor quiero ser como tú, abuela.

Estos son sólo algunos recuerdos que me vinieron a la mente este verano. No me olvido de María Dolores, Pilar, Isabel la madre de las hermanas, Pedro, Juan Ignacio, la hija de Loli y su marido, Colo, Loli la chica, Isa la fiel compañera de Joaquina, Mercedes, Pepa y Patrón y, alguno que seguro se me escapa. Son todos especiales, pero mi abuela tenía algo que hacía que todo esto tuviera sentido.

Para mí no te has ido y nunca te irás. Estás en la mirada de cada una de tus hijas, en los domingos, en los lunes de pescaito, en los viajes de balneario, en las misas de San Felipe Neri, en los atardeceres de playa y en el corazón de todos nosotros.